En su mayoría, las ciudades
mexicanas del pasado se extendían sobre los valles y las planicies
del interior, aunque algunas, por necesidad, ocupaban cerros y barrancas.
Sólo unas cuantas poblaciones se atrevían a establecerse
en las costas de nuestros mares, pues los rigores del trópico
se manifestaban allí de manera más notoria y falta de
mejores medios para hacerles frente se prefería evitarlos ascendiendo
a los altiplanos. Las tormentas del Golfo, del Caribe y del Pacifico
han propiciado la existencia de grandes selvas y bosques en México,
pero también complican periódicamente la vida de los puertos.
En el pasado, esta situación se sumaba a otra realmente preocupante:
LA PIRATERÍA. Apenas instaladas en el continente americano, las
potencias europeas se dedicaron a combatirse por la vía de guerra
marítima, pero no solo las naves podían ser atacadas,
sino también los puertos, siendo los ingleses los que adquirieron
el mayor poderío en estas lides. A España sólo
le quedó desarrollar estrategias defensivas, y podemos entender
las vicisitudes que obligaron a los habitantes de Campeche a construir
fuertes y baluartes desde el siglo XVI, así como una muralla
completa alrededor de su ciudad en el siglo XVIII.  |